Antonio ZapataPerú país minero, es una sentencia que se escucha en personas de muy distinta orientación. Salvo que, en unos casos se entiende como bendición y en otras como maldición. En la primera acepción se enfatiza en la magnitud de la inversión minera y en la importancia de estos ingresos para la balanza comercial. En sentido contrario, se entiende que la minería no es un motor sino una traba del desarrollo. Como ejemplo suele citarse a dos países mineros de América Latina  que son ciertamente atrasados, Bolivia y el mismo Perú, y dentro de nuestro país, los distritos mineros son los más pobres de todos: Huancavelica, Cerro de Pasco. ¿Cómo entender este debate?

El problema de los recursos naturales es que facilitan una economía rentista. Donde abunda la minería, el Estado suele vivir de impuestos a la exportación, que le proporcionan una renta fácil. Ella significa un estímulo negativo que bloquea la construcción de un sistema tributario moderno. Por el contrario, en países sin renta, la población tributa y por ello mismo desarrolla su noción de ciudadanía. Quien paga impuestos se preocupa por el destino de su plata y por consiguiente del Estado. Por el contrario, en países rentistas, la gente tiende a la informalidad. Predomina el ocio tributario, como en el Perú, cuya recaudación históricamente es más baja que el promedio latinoamericano.

Así, los países rentistas desarrollan una baja ciudadanía. La gente se desinteresa y el Estado vive de unos pocos grandes contribuyentes, quienes financian los ingresos públicos. En este sentido, los grandes empresarios ganan influencia y el sistema político se orienta a satisfacer sus intereses. Son Estados egoístas, porque sirven a pocos. Mientras que, los Estados que se apoyan sobre una ciudadanía tributaria son más abiertos e inclusivos.

Otra característica de los países rentistas es la elevada corrupción. El sistema propende al entendimiento bajo la mesa entre agentes económicos y autoridades con alto poder discrecional. Estos males políticos vienen acompañados por el clientelismo, pues intercambiar dádivas a cambio de lealtad es el recurso del poder para contentar a grupos subalternos. Así, en efecto, la renta es una maldición porque pervierte el sistema político.

Pero, algunos países han empleado la renta para cimentar su desarrollo. Son pocos, pero son. Entre ellos se halla Chile, acompañando a naciones del mundo desarrollado como los mismos EEUU y Canadá. ¿Qué han hecho los chilenos? En esencia crear un fondo de estabilización. Cuando el precio del cobre se eleva por encima de un tope fijado, los impuestos extras van al fondo. El cual se encarga de alimentar al Estado en época de vacas flacas. Así, se evitan la ansiedad por gastar cuando abunda el dinero y de hacerlo mal y en forma corrupta. Además, le permite al Estado disponer de un ingreso fijo durante un período largo de tiempo. Ello, como será evidente, permite darle racionalidad al gasto público y realizar inversiones estratégicas.

Ese es otro punto interesante de la experiencia chilena, puesto que han establecido prioridades nacionales, que todos sus gobiernos aplican, sean del color que fueren. Una de esas políticas de Estado es financiar el equipamiento de sus FFAA con los ingresos del cobre. Mucho nos molesta a nosotros, porque somos vecinos y eventualmente víctimas. Pero, ellos saben que son detestados afuera y para dormir tranquilos, en vez de usar almohadas, descansan sobre armas.

Por otro lado, nuestro vecino del sur gasta parte de su renta en ciencia y tecnología. Con el dinero del cobre apoyan a la universidad chilena, sus laboratorios y proyectos de investigación. Igualmente, otorgan becas y estímulos a la producción de tecnologías apropiadas. Así, innovan en los sectores que integran su plataforma exportadora. En Chile, es nacional la tecnología del vino, de la fruta, del salmón y de muchos otros productos de exportación. Esa tecnología apropiada se ha desarrollado en sus universidades y es financiada con los impuestos del cobre.

De este modo, para que los recursos naturales sean una bendición se necesita un tipo de Estado que sepa gastar en su gente y en diversificar su economía. Mientras que, si los Estados se duermen en la renta, el resultado siempre será decepcionante.