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Patricia del Río – Perú 21 – 12-06-2009

pict.phpObservo imágenes sobre lo ocurrido en Bagua y no puedo evitar preguntarme en qué nos ha cambiado la espantosa masacre del 5 de junio que arrasó con la vida de 34 peruanos. Creo que detrás de las truculentas imágenes de los policías acribillados, o de los gritos de desesperación de una madre que reclamaba en aguaruna que no exterminaran a sus hijos, se dibuja el retrato de una sociedad que paga muy caro su imposibilidad de reconocer al otro como un igual. Como un ciudadano de primera clase que merece ser escuchado, a pesar de que su visión del mundo no necesariamente calza al cien por ciento con los planes de desarrollo del Gobierno.

Cuando Alan García fue elegido presidente por segunda vez, el principal encargo que le hizo la población fue impulsar un desarrollo más inclusivo, que tomara en cuenta a los olvidados de siempre, que mirara a ese Perú abandonado que ya mostraba signos de querer radicalizarse. El cambio responsable que el Apra ofrecía, y que la mayoría buscaba con su voto, fue precisamente ese, que no hemos visto en estos tres años de gobierno.

Al contrario. De manera desconcertante, García eligió el camino del enfrentamiento y ha desarrollado un discurso que separa a los peruanos entre buenos y malos, entre los que entienden y los ignorantes; que lo único que está consiguiendo es agudizar más las diferencias que fueron las que casi nos empujan a la opción radical que proponía Ollanta Humala en 2006. Desde el comienzo de su mandato, pero específicamente en los últimos días, hemos escuchado al presidente decir frases tan alucinantes como la ya famosa: “Estas personas no tienen corona, no son ciudadanos de primera clase que puedan decirnos 400 mil nativos a 28 millones de peruanos tú no tienes derecho de venir por aquí”. O esta otra en la que vuelve a repetir el mismo concepto: “Un país que está marchando bien, como lo señalan todos los analistas, si se deja vencer por pequeños grupos, que no representan lo más avanzado, entonces, está condenado a detenerse o a retroceder”. O este otro ejemplo, en el que se insiste en la idea de peruanos polarizados: “Yo sé que la inmensa mayoría de peruanos quiere desarrollo, empleo, modernidad, ese es el país mayoritario y moderno que tiene que oponerse a fórmulas de salvajismo y de barbarie que vuelven a aparecer”.

Han sido terribles las matanzas en Bagua, por supuesto que sí, y el Gobierno debe sancionar a los culpables. Pero, si de una vez por todas no entendemos que la violencia también puede venir en forma de desprecio y de ninguneo, entonces los conflictos nos seguirán estallando en la cara. Como señala mi amigo el sociólogo Juan Infante, hoy ya no somos más el mismo país que hace una semana. Hoy hemos entendido, a balazos y a machetazos, que la exclusión duele mucho más que la pobreza.