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Na vegando por la red, me encontre con el sitio www.kaosenlared.net y en el se publica, el tema que pongo a consideración de ustedes porque creo yo, se ajusta a la coyuntura actual de Pasco y por que no decirlo de muchos lugares parecidos

Veneno social de efecto mundial

Pasa casi desapercibido como todo veneno sutil, pero su alcance es universal y sus efectos destruyen las relaciones personales y el tejido social.

La codicia es un veneno de alcance social que nos conviene desenmascarar si deseamos una sociedad justa.

Podría ser uno de los demonios de la caja de Pandora este muy principal motor de la conducta personal y colectiva. Y es legal y socialmente aceptado que existan los que eligen arrebatar a otros su tiempo, su dinero o el fruto de su trabajo para satisfacer su ambición de poseer. Todo eso está regulado- más o menos- intentando evitar un límite y muy bien protegido por artimañas jurídicas. Por tanto, los banqueros pueden robar legalmente, igual que hacen los empresarios y los estados. Tal vez sólo los mendigos lo tengan rigurosamente prohibido.

El derecho a la explotación ajena, como vemos, no es obstáculo alguno en las relaciones humanas y cada uno puede robar tiempo o bienes dentro del orden establecido al efecto para que cada vampiro pueda auto protegerse y evitar ser víctima de otro más astuto. Hay que reconocer que esto difícilmente se consigue, pues la propiedad privada, -a pesar de considerarse sagrada por el capitalismo,- es algo en lo que los capitalistas ni creen ni jamás respetan, por lo que unos a otros no cesan de expropiarse con la excusa legal -no faltaba más- del libre mercado, las leyes de la competencia y todo tipo de estructuras y superestructuras (incluidas las ideologías conservadoras) que faciliten las desigualdades económicas y las jerarquías sociales y de poder.

En cualquier caso, la codicia es el motor de la economía de los mercachifles., y siendo tan importante su función, podríamos preguntarnos: ¿Por qué existe? ¿De dónde nace ese deseo de acumulación? Todos sabemos qué extendida está la envidia entre nosotros, y el daño emocional y social que tan venenoso defecto nos produce. Entre envidia y codicia hay menos distancia que entre un latido y otro del corazón, y su vaivén recuerda al del péndulo encerrado en un reloj. ¿Qué energía impulsa este movimiento circular? Una muy importante es la insatisfacción con lo que uno es y el deseo de ser como aquel que ha tomado como modelo de lo que él mismo quisiera tener. La insatisfacción dispara deseos y la envidia busca poseer para ser, ser reconocido, tener poder, todo tan profundamente ligado entre sí como los granos de una granada. Entonces los demás pasan a ser rivales, y aparece la competencia .Tú posees lo que yo deseo, lo mismo que tú deseas lo que yo poseo, así que aquí emergen las bases para todo tipo de conflictos que constituyen, persona a persona, células sociales cancerosas que tienden a la metástasis por todo el tejido social.

En el tratamiento del cáncer se aplican remedios como la quimioterapia y se recomienda pedir perdón y perdonar para sanar el alma, vivir lo más cerca posible de la naturaleza, alimentación vegetariana y cultivo de emociones positivas que produzcan alegría de vivir. Pero ¿cómo abordar el cáncer social cuyas metástasis fueron propagándose de unos a otros individuos hasta rebasar fronteras y convertirse en grandes bancos o industrias, iglesias o grupos de poder multinacional provocadores de expolios y guerras?

De niños se nos decía que la envida era mala, que el robar lo de otros era peor y cuando intervenía el cura con el hacha del pecado mortal, las llamas del infierno amenazaban con salir por las mangas de su sotana, pero poco a poco vimos que el mundo se fundamentaba en eso, en la astucia para aprender a nadar y guardar la ropa, en la capacidad de engañar y hacer de capitanes araña. Por tanto sufrimos un buen desengaño al crecer, y a muchos les empujó a imitar y reproducir los modelos de la enfermedad social.

“No desearás los bienes ajenos” sigue siendo una indicación divina válida para todo tiempo y que no obliga: sólo invita. ¿Quién recoge la invitación? ¿La Iglesia? ¿Los políticos? ¿Los banqueros? ¿Los empresarios? ¿El FMI?…Y la lista podría seguir ampliándose por arriba hasta abarcar a todos los codiciosos y a toda la codicia del mundo, y por abajo, por el interior, por los subterráneos de la conciencia, podría ampliarse tanto que llegara a abarcarnos a nosotros mismos hasta sentir la necesidad de preguntarnos por nuestra propia envida y nuestra ambición; por su origen y por sus consecuencias en nuestra vida cotidiana. .Tal vez este ejercicio auto reflexivo podría servir para iniciarnos en una terapia de choque contra el cáncer social, o al menos – y por lo que respecta a nosotros- para servirle de cortafuegos. Tal vez nos sirviera para preguntarnos si la causa de nuestra insatisfacción personal no radica en algo que tiene que ver con nuestro modo sumiso de aceptar el mundo como es y si no es hora -con lo que está cayendo por todos lados- de empezar a preguntarnos cómo podría dejar de ser lo que es para ser más justo y qué talentos tiene cada uno de nosotros. Y tal vez sería bueno aprender a mostrarse agradecido por poseer esos talentos que pueden ser herramientas de transformación colectiva y buscar cómo aplicarlos para curarse del posible contagio y pasar a formar parte de la solución en lugar de ser parte del problema.